La oración es la
respiración de la vida de fe. Es escuchar y hablar con
Aquel que nos ama.
La vida monástica consiste en orar sin cesar (1Te
5,17) y en convertir toda la vida en una alabanza a Dios.
Esta vida de oración ha de nacer del amor de Cristo,
derramado en nosotros, que nos mueve a amarnos unas a otras
y a ver en cualquier persona un hermano o una hermana amados
por el Señor, imágenes del mismo Cristo.